Deja paso a lo que vendrá

Cómo reaccionarías si yo te preguntara algo así como ¿qué pasaría si renunciaras a todo lo que has construido para abrirte a lo nuevo? ¿cuáles son las energías que te mueven y qué pesos llevas encima que te frenan? ¿qué te impide soltar amarras?

En todas estas cuestiones, subyace una respuesta relativa al binomio apego-desapego. Unos recorren la vida subidos en un Cadillac con caravana y otros se conforman con acomodarse en un Seat de más de treinta años. A fin de cuentas, ambos autos persiguen la felicidad. Aunque, eso sí, ¿cómo y a costa de qué? Cada uno elige sus propias rutas, el medio de transporte que utiliza y la manera de alcanzar sus propios destinos. Pues bien, si asemejáramos apego a dependencia y desapego a renuncia todo se simplificaría, ¿verdad?, pero, ¿cómo puedo guardar una proporción y evitar inclinar la balanza en la orientación equivocada?, ¿dónde y de qué manera asiento lo que da sentido a mi existencia?

Para ello, la vida nos ofrece numerosos momentos de aprendizaje y desarrollo. Así, unos son claros

y evidentes, como la pérdida de un amor, un empleo o un hogar. Mientras que otros son más difusos. Están llenos de expectativas, excusas o justificaciones que aparecen para paralizarnos y bloquear nuestra apertura a una nueva dimensión con un claro fin. Dar una oportunidad a la aparición y práctica del desapego.

Ni que decir tiene que el apego es instintivo y necesario. Tenerlo nos permite sentir afecto por nuestros seres queridos, valorar nuestros logros, además de compartir lo que somos y tenemos. Sin embargo, cuando el apego se torna imprescindible y toma el protagonismo nos produce ceguera y, es ahí, donde empezamos a ser esclavos de nuestras propias limitaciones y dificultades para romper con ataduras emocionales, materiales, sociales… Nos envuelve un sentimiento de pérdida que nos ancla y nos inunda de culpa. Entonces, la cuestión que cabe plantearse es, ¿estoy dispuesto a aceptar el reto? ¿a distinguir entre qué me hace vibrar y qué me apaga? ¿a apostar, o renunciar, por aquello que me proyecte a un futuro mejor?. En definitiva, una formulación básica y esencial ¿quién sino yo conduce mi vehículo?

Tanto el Cadillac con caravana como el Seat antiguo persiguen ser felices, pero, su consecución ¿depende de sus conductores o es ajeno a ellos no alcanzar esa meta? Si me aferro a todo lo que me ha hecho llegar a ese camino, quizá no encuentre un nuevo destino o no sea muy distinto del que ya conozco. Pero, si opto por tomar conciencia y conocer cuál es mi carrocería, de qué estoy hecho, todo cambia. Desde ahí, podré afrontar los miedos con un propósito, sentirme libre y elegir. Elegir cómo me manejo entre el apego y el desapego.

El equilibrio entre ambos se consigue adoptando una postura proactiva acerca de tus traslados, tu próximo viaje; esto es, decidir dónde quieres ir, con quién, qué dejas atrás y qué llevas contigo... Comienza por agradecer todos los kilómetros recorridos que te han permitido llegar hasta aquí y, ahora, ten el valor de cambiar de vía y probar rutas novedosas. En ellas, averiguarás a qué te apegas y dónde están tus bloqueos. Y, ahora, si decides continuar avanzando, respóndete primero qué supone el apego para ti, ¿se trata sólo de un hábito o es lo que te da sentido? Sea cual sea la respuesta, te propongo hacer un descanso y retomar, después, la ruta, ¿aceptas?

“En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que queremos ser”

(William Shakespeare)

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¡Me despido hasta el próximo artículo!

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